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Giuseppe NotarnicolaHealth Performance Specialist
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Mente · 4 min de lectura ·

Día duro, llegas a casa y abres la despensa. Tiene poco que ver con la voluntad, y hay otra salida.

Si tienes 30 segundos

  1. 1El hambre emocional de la noche pide alivio tras un día duro.
  2. 2La preparan el estrés, saltarte la comida, dormir poco y una despensa llena.
  3. 3Se actúa en casa, con una alternativa ya decidida y sin tirar de voluntad.

Las once de la noche. Has cenado, después de un día de los que pesan: dos reuniones torcidas, un cliente que no paga. Te levantas del sofá y abres la despensa. A los diez minutos el paquete de galletas va por la mitad, y no sabrías decir a qué sabían.

Luego llega la frase: no tengo fuerza de voluntad. Se la oigo mucho a las personas que acompaño. A por las galletas iba tu cabeza, buscando cómo desconectar.

Cómo reconocerla

Del hambre de verdad se distingue bien.

  • Llega de golpe. El hambre de verdad crece despacio y sabe esperar. Esta lo quiere ya.
  • Pide algo concreto. Al hambre de verdad le vale un huevo con verdura. Esta pide galletas, patatas fritas, chocolate.
  • Nace en la cabeza. Una idea que insiste, mientras el estómago calla.
  • No para con el estómago lleno. Acabas el paquete sin saborearlo, luego llega la culpa.

Por qué pasa justo de noche

Se juntan tres cosas, y ninguna habla de tu carácter.

El estrés pide azúcar. Tras un día bajo presión el cortisol, la hormona del estrés, sigue alto: sube el apetito, sobre todo de dulce, y baja la serotonina, con la que el cerebro se calma. Los hidratos la suben; la proteína, no. Por eso la mano va a las galletas y nunca al pollo.

El cerebro se sabe el camino. Cansancio, despensa, alivio. El cerebro toma nota: funciona, repítelo. Los productos envasados lo allanan: azúcar, grasa y sal medidos juntos para dar el máximo placer. Con el tiempo el gesto sale solo: bastan el sofá y la hora.

El día la ha preparado. Si a mediodía has tirado con un café y dos crackers, de noche la hormona del hambre está alta, y después de cenar sigues con ganas de picar. Después de una noche corta, peor: al día siguiente el cuerpo pide más hidratos.

A la despensa le pides lo que el día no te ha dado.

Qué hacer en su lugar

Aguantar delante de la despensa abierta es una batalla perdida. Te hacen falta menos tentaciones y otra forma de desconectar.

En casa no entra. Lo de picar en el sofá se queda en el súper: si no está en casa, no te lo comes. Lo que ya tengas, arriba, cerrado, fuera de la vista. Cada segundo de más hasta el paquete baja la probabilidad de abrirlo.

Cambia la recompensa. Quitar sin más suele fallar, porque la necesidad sigue ahí. Ten listo algo que también dé gusto: yogur natural con nueces, fruta con unas almendras, un huevo cocido si quieres salado.

Cinco minutos y una pregunta. Cuando te entren las ganas, espera cinco minutos y pregúntate: ¿qué necesito ahora? Descanso, desahogo, compañía, la pausa que hoy no ha habido. Aunque luego comas, has roto el automatismo.

Otra forma de bajar. El alivio que buscas es soltar tensión, y el cuerpo sabe hacerlo sin comida. Dos inspiraciones por la nariz, la segunda corta, y una espiración larga por la boca, de una a tres veces. O diez minutos andando después de cenar. Elige ahora, en frío: una respuesta ya decidida sale sola.

Cena completa, con hidratos. Proteína, verdura y una ración normal de arroz, patata o pan: la serotonina sube en la mesa, antes del sofá.

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Ponte a prueba

Son las once, has cenado y estás ante la despensa abierta. ¿Qué haces?

Empieza por una sola cosa, la más fácil: la compra. Y ante la despensa, trátate como a alguien bueno de tu equipo después de un día así: con una propuesta mejor que las galletas.

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Este artículo es divulgativo: no sustituye el consejo de tu médico.

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