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Giuseppe NotarnicolaHealth Performance Specialist
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Estrés · 4 min de lectura ·

Antes de una reunión difícil, la cabeza no te hace caso. El cuerpo sí.

Si tienes 30 segundos

  1. 1Cuando estás tenso, decirte que te calmes sirve de poco: el cuerpo se calma desde el cuerpo.
  2. 2Primero sueltas la tensión moviéndote; después alargas la espiración.
  3. 3Algo de tensión te viene bien: se trata de bajar revoluciones, sin apagarte.

Faltan cinco minutos. Ahí al lado espera el cliente que quiere renegociar el contrato, o el socio al que debes decirle algo que llevas meses aplazando. Los números te los sabes de memoria. Y aun así el corazón va deprisa, respiras corto y aprietas los dientes.

Te dices que te calmes y no cambia nada. Lo veo a menudo en las personas que acompaño: repasan los papeles y dejan el cuerpo como está. Decirle «relájate» a un cuerpo que sigue tenso no sirve: el cerebro ve que las palabras van por un lado y el cuerpo por otro, y el ánimo sigue igual.

Las señales de que vas pasado de vueltas

  • La respiración sube. Corta, a golpes, arriba en el pecho. A veces aguantas el aire.
  • El corazón se acelera. Lo notas en la garganta, y te sube el calor a la cara.
  • Aprietas. Dientes cerrados, hombros hacia las orejas, lengua contra los dientes.
  • No paras quieto. La pierna baila bajo la mesa, le das vueltas al boli.

Por qué la cabeza no manda

En el cerebro hay una alarma más rápida que la parte que razona. No distingue un peligro real de uno percibido: el cliente difícil cuenta como un depredador. Salta, y en segundos tienes adrenalina en la sangre: suben el pulso, la respiración y el azúcar, y los músculos se tensan.

El cuerpo está listo para correr, y tú te sientas. Esa energía era para huir o pelear. Tú, en cambio, te quedas en la silla, formal. Y lo que no sueltas se queda ahí: en la mandíbula, en el cuello, en ese runrún por dentro.

Algo de tensión te viene bien. Cuando dura poco, mejora la atención, la memoria y el rendimiento. Es la de un deportista antes de competir. Te basta con bajar un par de puntos y seguir despierto.

Primero cambia el cuerpo. La cabeza va detrás.

Cinco minutos: primero sueltas, luego frenas

Dos minutos: sacúdete. En el baño o en una sala vacía. De pie, rodillas sueltas, pequeños rebotes. Deja que el movimiento suba a cadera, hombros y brazos, como un perro al salir del agua. Sin aguantar el aire. Es lo que el cuerpo estaba esperando. Luego quédate quieto medio minuto y nota qué ha cambiado: sin esa pausa pierdes la mitad del efecto. Si no tienes dónde, sube las escaleras a buen paso.

Medio minuto: suelta la mandíbula. Con los dientes apretados, la alarma sigue encendida. Empuja fuerte la lengua contra el paladar tres segundos y déjala caer. Seis veces. Se hace con la boca cerrada: puedes repetirlo en plena reunión.

Uno o dos minutos: la espiración larga. Dos inspiraciones por la nariz, la segunda corta, y una espiración larga por la boca. Con una a tres veces bajas revoluciones al momento. Si vas muy cargado, cuenta: cuatro segundos la primera inspiración, barriga antes que pecho, uno la segunda, ocho la espiración. De cinco a diez rondas. En reposo haces unas quince respiraciones por minuto: así bajas a cuatro o cinco. Al alargar la espiración baja el pulso, y el cerebro capta que la amenaza ha pasado.

En la puerta: ponle nombre a lo que sientes. Dilo para ti: «esto es miedo a perder al cliente». Parece poco, pero nombrar una emoción baja la alarma.

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Ponte a prueba

Faltan tres minutos para una llamada difícil y tienes el corazón en la garganta. ¿Qué haces?

Pruébalo hoy, en un rato tranquilo. Un gesto que el cuerpo ya conoce te sale solo cuando faltan cinco minutos y te juegas mucho.

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Este artículo es divulgativo: no sustituye el consejo de tu médico.

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