Alimentación · 4 min de lectura ·
Tres días fuera por trabajo, entre aeropuerto, desayuno de hotel y comida de congreso: qué elegir y qué llevar en la mochila.
Si tienes 30 segundos
- 1De viaje te traicionan la noche corta y el hambre con la que llegas.
- 2En el aeropuerto y en el desayuno del hotel, busca primero la proteína.
- 3En la mochila: frutos secos, una fruta y una botella vacía.
Despertador a las cinco, taxi, y a las seis y media estás en la puerta de embarque con un café con leche y un cruasán. Comer sano de viaje, a esa hora, parece una batalla perdida. A mediodía, bocadillo en el AVE; por la noche, cena con clientes.
Tres días así y vuelves hinchado y cansado. Me lo dicen a menudo: de viaje no se puede hacer nada. Y sin embargo bastan unas pocas decisiones, siempre las mismas, tomadas antes de cerrar la maleta.
Dónde se tuerce todo
Los momentos críticos son cuatro.
- En la puerta de embarque. En ayunas, con poco sueño, y alrededor solo bollería y snacks.
- En el vuelo. Bebes poco para no levantarte, y aterrizas con un hambre que a menudo es sed.
- En el bufé del hotel. Zumo, bollería, cereales. Parece lo más ligero, y a las once estás sin gasolina.
- En la comida del congreso. De pie, plato en mano: canapés, montaditos, pasteles. Verdura, ni rastro.
Por qué fuera de casa comes peor
El carácter tiene poco que ver. De viaje se juntan tres cosas.
La noche corta. Tras dormir poco sube la hormona que abre el apetito y baja la de la saciedad. Al día siguiente el cuerpo pide hidratos: las ganas de dulce antes de embarcar son química.
El estómago vacío. La hormona del hambre la fabrica el estómago, y sube mientras sigue vacío. Si te saltas el desayuno porque «total, hoy toca viaje», en la primera barra el hambre elige por ti. Dos huevos en casa, aunque sean las cinco, valen más que lo que elijas allí.
El entorno. Aeropuertos y estaciones venden sobre todo comida que junta azúcar, grasa y sal, la mezcla que más engancha. Y un cerebro cansado coge lo más cómodo.
De viaje come bien quien ha decidido antes de tener hambre.
¿Qué comer en el aeropuerto?
Algo con proteína de verdad: un bocadillo de tortilla francesa, pavo o atún, una ensalada con pollo, un yogur natural con frutos secos. Deja la bollería, los zumos y los snacks: son azúcar a secas, y en un par de horas vuelve el hambre.
El desayuno del hotel. La mañana es el peor momento para azúcares y harinas: con el estómago vacío pasan a la sangre enseguida. Al comparar dos grupos, quienes desayunaban dulce tenían hambre antes de dos horas; con desayuno salado, cinco horas después. En el bufé, ve a por huevos, yogur griego y frutos secos. Y coge la fruta entera: el zumo es azúcar líquido.
La comida del congreso. Un solo plato, sentado si puedes. Primero verdura y proteína, luego lo demás: la fibra frena lo que llega después. Y come despacio. La señal de saciedad tarda unos veinte minutos desde el primer bocado, y ante un bufé en ese rato cabe de todo.
En la mochila. Un puñado de almendras o nueces, una fruta y una botella vacía para rellenar tras el control. La fruta, con los frutos secos: sola, el azúcar sube más rápido. Cuando pase el carrito, ya habrás elegido.
En el vuelo, agua. El avión deshidrata. Bebe a sorbos todo el trayecto. Si aparece el hambre, antes un vaso de agua.
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Ponte a prueba
Las seis y media, a punto de embarcar, con poco sueño y sin desayunar. ¿Qué pides?
Prepara tu próximo viaje como la maleta: la noche anterior, en cinco minutos. Y a la vuelta, mira cómo llegas al lunes.


